jueves, 20 de septiembre de 2012

Miradas


Que no se diga que se trata de una apología. Pero tampoco podemos hablar así, a lo bestia, sin pensar,
sin ponernos en el lugar del otro. Una vez me dijeron que la mente es capaz de expandirse más allá de los límites que se impone a sí misma. Quizás pasa lo mismo con la mirada; quizás ésta mejora, cuanto más estamos dispuestos a ver.
  La calle no es una vista fácil, mucho menos en estos tiempos. En una misma esquina se ven desde
turistas, a gente comprando, gente caceroleando, gente pidiendo, gente viviendo, gente que va,
gente que viene, más y más gente. Y tanto vemos que nos anestesiamos. Estamos expuestos a tanta
información, tantos estímulos que preferimos no sentir nada… hasta que las imágenes nos pegan de
frente.
¿Qué decimos de estas imagenes? Decimos lo que vemos. “La gente de la calle roba.” “Los pibes son todos pibes chorros.” “Se drogan y se dan con paco y con poxiram.” “Viven de arriba, no van al colegio, no estudian, se escapan de sus casas.” “Mejor tenerlos lejos.” Y muchas veces esa es la reacción más prudente frente a las situaciones desconocidas; después de todo no se trata de ser temerarios sino cuidadosos.
  Hay, sin embargo una realidad paralela que no es tan fácil de ver; y es que ellos, todos los que viven en la calle, nos muestran sólo lo que quieren que veamos. Así es como se protegen. Ellos protegerse de
nosotros? Sí, ellos, de nosotros. Cuando la mirada se amplia, cuando le pedimos a Jesús que nos preste Sus ojos, podemos ver más allá de la dureza, de la prepotencia, de la violencia, de la fanfarronería.
  Muchos chicos que están hoy en el barrio no tienen más de 17 años, algunos son niños todavía. Y ya,
desde temprano, han tenido la necesidad de endurecerse, de hacer crecer en su corazón una costra
impenetrable para evitar más heridas. Muchos de estos chicos vienen de hogares rotos, de familias
disfuncionales (pobreza aparte), son parte de un sistema que condenó primero a sus padres y luego
a ellos. No sólo viven en la calle, viven también en la intemperie emocional y espiritual. Ese tipo de
indigencia no se cubre con mantas o un techo. Ellos se dan cuenta, sienten ese vacío y muchos buscan,
dejar de sentir, evadirse a través del poxi, el paco, las drogas, la violencia.

Ojo, no es una justificación, no estamos avalando el robo, la violencia o la drogadicción; pero es
innegable que son consecuencias de una carencia mayor. Después de todo muchos eligen evadirse
porque eso es lo que aprendieron, es esa la imagen que la calle deja grabada en sus retinas. La calle endurece; tanto su corazón como el nuestro. A veces nosotros mismos nos endurecemos para seguir con nuestras vidas. Es tan palpable el dolor que uno a veces corre el riesgo de salir lastimado.
 De nuevo, esto no es una apología. En todo caso aspiramos a que sea una “radiografía”. Tratamos de
realmente ver, como Jesús nos ve; en profundidad, más allá de lo que se muestra a simple vista. Se trata de reconocer que la realidad es otra y a partir de allí modelar nuestros corazones para enfrentarla; para poder pedirle a Él las herramientas para modificarla. Pero primero, hay que animarse a mirar.


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