¿Alguna vez sentiste que eras transparente? ¿Que tu cuerpo estaba ahí presente, que tu voz se oía fuerte y clara pero que nadie te miraba, nadie te oía?
A todos nos pasó sentirnos así alguna vez. No está bueno. En un momento de tanto que no te ven, de tanto que no te escuchan empezás a dudar si realmente estás ahí. Porque muchas veces es la mirada de los otros la que nos hace conscientes de nuestro yo. Y eso es normal, somos, después de todo, animales sociales; y es en relación a los demás que nos realizamos.
Pero ¿Qué pasa cuando los otros no te reconocen? cuando estás ahí, en medio de lo más público y abierto que es la calle, la avenida, pleno Cabildo y Juramento, rodeado de gente y nadie te ve, nadie se detiene a escucharte. O peor aún ¿que pasaría si todas las miradas que recibieras fueran miradas de recelo, actitudes defensivas, contestaciones esquivas? Podés llegar a creer que sos digno de no ser visto, de no ser escuchado y, aun más, como alguien de quien la gente se debe alejar. Podés llegar a creer que sos algo (ya no alguien) tóxico: los otros te temen y vos (por qué no?) también les temés; lo único que los une es el miedo.
Un día el miedo le ganó la batalla al amor y pasé junto a un hombre que pedía limosna. Sin siquiera escuchar su pedido caminé rápido, evitando la sensación de vergüenza, mezclada con lástima, que me invadía. El miedo por mi seguridad, por mi bienestar, me impidió detenerme a escuchar, ver al otro y permitir que él a su vez me viera. Elegí ser ciega, sorda, muda a las palabras de aliento, suprimí todos mis sentidos; tuve miedo.
Media cuadra después me di cuenta de que había visto en ese hombre a alguien más; había visto a Jesús detrás de sus ojos y lo había ignorado, había huido de Él. Con vergüenza entonces, sintiéndome mínima ante ese Dios oculto, volví al encuentro. Y vi a un hombre como yo, solo (muchas veces) herido (también) pero a pesar de todo capaz de darme, en su pobreza, uno de los regalos más valiosos: su sonrisa. Y sólo cuando nos miramos, y nos reconocimos, "rico" y "pobre" viendo que eran pobre y rico respectivamente, vivos, hijos del Cielo, iguales, amados, sólo entonces pude seguir mi camino; distinta ahora, con la certeza de que el amor nunca pierde, si creemos en Él.
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